Las fronteras -que fueron hechas para separar- terminan siendo el sitio del encuentro entre sus dos lados. Se supone que donde termina un territorio empieza el otro, pero la realidad nos muestra que esos espacios fronterizos son lugares aptos para los cruces y los enriquecimientos mutuos; también, para los pleitos y las contaminaciones… Hace unos días lanzamos en el foro una pregunta: ¿cómo pueden convivir la enseñanza religiosa de la escuela y la catequesis de la parroquia, sin invadir la una el espacio de la otra? La discusión está siendo rica y se puede dividir a las intervenciones de los participantes en dos clases de propuestas. Por un lado están los buenos demarcadores, que tratan de definir con claridad los campos que corresponden a cada uno. “No creo que la escuela y la parroquia se invadan: mas bien se complementan como se complementan la razón y el espíritu en los hombres y una no invade a la otra”, dice Trinidad de Pablo. Y otra lectora, Mariela Fernández Castro, agrega que “La escuela debiera orientar siempre a sus alumnos para que se integren a una comunidad parroquial y así puedan vivir su fe con la intensidad debida. Lo mismo debiera pasar con las parroquias, estas debieran inducir a sus miembros para que los envíen a las escuelas católicas si estas son en verdad, ámbitos propicios para una formación humana y cristiana adecuada.” Por otro lado, algunos lectores señalan el espacio de la frontera que une a las dos partes y subrayan lo que hay de común entre la escuela y la parroquia. Para Hernando, “tanto la escuela como la Parroquia, sin perder ambas su identidad propia y específica, deben potenciar los elementos en común que los unen en el mismo objetivo que es la FORMACIÓN INTEGRAL de las personas encomendadas. Tanto la escuela como la catequesis tienen fines específicos complementarios”. Y la lectora Sandra Marazzatto sostiene que “no debería existir esta disociación entre Parroquia y Colegio. La Catequesis escolar debería acompañar el itinerario catequístico marcado por la Parroquia”. La discusión dentro del Foro -y los que quieran decir algo más todavía están a tiempo de participar en este mismo sitio- gira alrededor de las identidades. Estamos llamados a la complementariedad. Pero, para poder complementarnos, primero debemos saber que es lo que somos; y, desde ese ser nosotros mismos, saber qué es lo que podemos dar. La parroquia y la escuela se diferencian en sus objetivos, pero una misma frontera las une. Mariano Nicolás Donadío